
Persuasión, Jane Austen


Llega diciembre, y con el la navidad. Por supuesto, que esta tampoco viene sola. La navidad viene aparejada a todas esas historias, películas, y claro, libros, que relacionamos directamente con las fiestas.
Siempre hay un libro, en su mayoría historias con carácter simplemente entretenido, que se pide en las fiestas, aprovechando la poca niñez que nos queda. En años pasados, por ejemplo, tuvieron fama libros tales como “Crepúsculo”, “La Saga de los Confines”, “Crónicas Vampíricas”, etc. También tuvo su época el mundo fantástico de Narnia, con los cuatro hermanos aventureros, o el Mundo de Tinta, acompañando a Meggie en la búsqueda de su padre.
Estos libros tienen fulgor durante la navidad; y si en días comunes parecen caros, en la víspera de los festejos, los precios estallan. No es solo con los libros: la subida de precios se hace sentir en todos los productos.
A pesar de todo, el espíritu no se aplaca, y todas aquellas películas que vemos asociadas vuelven a sentirse. Películas como “Canción de Navidad”, y todas sus versiones. Después nos enteramos que esa famosa historia del avaro Scrooge, quien es visitado por los tres fantasmas es en realidad un clásico de clásicos, escrito por Dickens en 1843. Pero esa no es la única historia relacionada, solamente un poco más comercializada. Es infaltable La Pequeña Cerillera, de Andersen, la historia de la nena huérfana que sale a vender cerillos en plena nevada para poder comer, o Un Cuento de Navidad, de Bradbury, así no sea ese su título más renombrado. Hay miles, solamente hace falta el tiempo (y la paciencia, porque tiempo suele sobrarnos) para buscarlos.
¿Son las historias lo único que nos moviliza? Quizás así era de más chicos. Todo lo relacionado con el árbol, los regalos, lo cohetes (infaltables). Pero más que nada, los regalos. Y es hoy en día que con 16 años, todavía los espero.
Regalos, árbol, cartas... ¡Cartas! La cantidad de cartas que habré escrito de chica, la cantidad de dibujos que le habré mandado a Papá Noel. Cuando me enteré de la verdad, como a los 7 años, fue lo peor. Odié a mi hermano, el que me contó. Pero ahora, nueve años después, no pienso en el momento que me dijeron la verdad, si no en los años de ilusión. Capaz al principio me enojaba, me sentía tratada de tonta durante años. Pero hablando con otros, con amigos, me doy cuenta que fueron los mejores años, los más divertidos. Aunque el sueño me fundía, tenía que estar despierta para recibir al gordo de rojo, a ver si de una vez por todas me lo cruzaba. Pero siempre me llamaban a ver los cohetes, y cuando volvía, Papá Noel había entrado y salidos de mi casa cuarenta veces.
Un garrón, porque me quedaba con las ganas, y tenía que esperar otro año. Y volver a escribir otra carta, diciéndole cuánto quería verlo esa navidad, y qué me gustaría que me dieran… esos pequeños e iniciales sueños. Que la muñeca, que la carterita, que los zapatitos… pequeños deseos. Mis pequeñas historias. Mis navidades. Con mi horrores de ortografía, con mis primeras decepciones. Sin saber que detrás de mis caros primeros deseos, estaban mis papás haciendo equilibrio para conseguirme eso, o algo parecido. Porque nunca te avisan que Papá Noel no es rico, o si, pero ya es medio tarde. Pero se hacen las doce, que vení a ver los cohetes, que entremos, vi algo… ¡mirá los regalos! Y yo, enana como nunca, me sentaba con los ojos grandes como ese emoticón del MSN parecido a dos O y un punto. Acá está tu regalo. ¡Noooo, que lindo! ¡Lo que quería!
Y bueno, esa es mi historia de navidad. No soy una Andersen, una Dickens, o una Bradbury, aunque quisiera. Pero está la misma, o más esperanza que en sus cuentos. La primera inocencia, la primera esperanza. El momento más lindo del año, después del cumpleaños.
Este año planeo mandarle una carta, pidiendo algunos títulos de Jane Austen, mi autora inglesa favorita. ¿Me los traerá Papá Noel?
M.F.
¿Qué es la música para la gente? Ese es el tema que se me ocurre para hablar en un texto argumentativo. Pero primero, ¿qué es la música?
Según el diccionario que reposa en mi biblioteca, música es la sucesión de sonidos armoniosos, el arte de expresar determinados sentimientos por medios de sonidos coordinados, etc. Esas son las definiciones rescatables, las que mejor lo describen. Pero la música representa más, porque los determinados sentimientos de los que habla mi diccionario no son los mismos para todos. Quizás cuando Charly García escribió Confesiones de Ivierno o Pequeñas delicias de la vida conyuga sintió algo, ya sea tristeza, emoción, agitación… pero cuando yo los escucho, cuando escucho Confesiones se me pone la piel de gallina, y cuando escucho Pequeñas delicias me dan ganas de bailar. ¿Se sintió así Charly? No lo creo, porque cada uno es diferente. La música marcó al humano desde los comienzos de la historia, la música te trae recuerdos, tiene el poder de cambiarnos el ánimo, nos energiza o nos deprime. La música es fundamental para los buenos ratos, con amigos, con familia. Cuando uno piensa en moda, lo asocia con música. Si uno se entera de lo que escuchaban ciertos escritores, puede entenderse por qué se escribieron determinados libros. La música es un lenguaje universal, nos une o nos separa. Tiene el poder de movilizar espíritus, lavar cabezas o abrirlas.
Hay temas para llorar, para reír, para hacer pogo, para sentarse y escuchar. Temas para bailar, para discutir, para repetir una y otra vez hasta sabérselo. Hay temas que no cansan nunca, hay bandas que marcan etapas en la vida de cada uno. Si una persona quisiera hacer una lista de toda la música que existe, no podría terminarla nunca, porque la música es así, es eterna e infinita.
¿Qué es la música para los adolescentes? Le pregunté a cuatro amigos, dos chicas y dos chicos. Unos me dicen que la música es fundamental, que los formó y los acompañó siempre. Que es algo inevitable, y a quien no le guste es que algo anda mal en esa persona. Una chica me dijo que la música es lo que le pone ritmo a la vida. De alguna forma todos coinciden, todos tienen razón. Pero con quien más acuerdo es con una amiga en especial, a quien conozco lo suficiente como para saber que no me miente, que no inventa para quedar poética. Me dijo que para ella, la música es lo que la ayuda cuando está mal, y cuando está bien, la pone todavía mejor. Y la remató con un “no sé como explicarte”. En eso último está todo, porque ¿cómo explicar en palabras exactas lo que te hace sentir la música? No tiene nombre, es una nueva emoción, algo que te descontrola. Es una felicidad sin límites, o una profunda tristeza. Es todo, reducido a sonidos.
Una profesora de literatura importante para mi me enseño que la poesía no es solamente lo que escriben Borges o Neruda. Las personas escuchan poesía todo el tiempo, cualquiera sea la parte del mundo a la que vayan, cualquiera sea la época en la que nacieron. La poesía, de una forma muy literal, forma parte de nuestras vidas. La música no es como la poesía, la música es poesía.
Finalmente, ¿qué es la música para mí? La música es un todo, un ser con vida propia capaz de cambiar el mundo. La música es un sentimiento sin nombre, que une corazones o los separa, que marca vidas, que ayuda a superar las cosas mejor que el whisky, que crea lazos con todos nosotros desde que nacemos. Nos moldea como quiere, de la forma en que la place. Uno puede hablar de música por horas, y siempre tener algo que decir. ¡Y digo esto mientras escucho a Compai Segundo!
Dedicado a Marcela Lacconi y Florencia Zamudio
M. F.

Escribir un libro quizás sea una de las cosas más difíciles que puede hacer uno en la vida. Es afrontar que lo que está escrito ahí va a salir de vos, y si es malo, dice mucho de uno mismo. Suena aterrador.
Pero ¿qué pasa con las personas que no estamos conformes con lo que escribimos? Que honestamente, nos parece escrito por un aficionado a los libros de Tolkien. Uno escribe lo que sueña, lo que quiere, o lo que vivió. Sea lo que fuere, es muy difícil hacerlo.
Bueno, por lo menos para mí es muy difícil.
Por suerte, encontré una nueva forma de decir lo que siento. Quizás sea demasiado fácil, y muchos no estén de acuerdo. El tema es que encontré en muchos libros algo más que otros mundos: me encontré a mí, en frases, en descripciones. Ya sea un personaje completamente secundario, como algo que yo sabía pero nunca supe decir. Descubrí en los libros que más de una persona me conoce, sin saberlo.
Lo cierto es que un día pensé “yo quiero dejar algo en este mundo”. Por supuesto, lo único que se me ocurre es un libro. Pero, tristemente, nunca puedo escribir más de dos páginas. Entonces me acordé de algo que leí una vez.
Hay un libro llamado Corazones Desatados, de Jorge Fernández Díaz. En ese libro hay una historia que habla de una mujer que compra un libro usado, con notaciones en los márgenes y subrayados. Una de las frases le llama la atención a la mujer, y la historia cuenta como ella busca al hombre que escribió eso, porque simplemente dijo lo que ella siempre supo y nunca encontró las palabras para decirlo.
Cuanto comprendí gracias a un par de frases en Sangre de Tinta, de Cornelia Funke, que los libros no son sagrados, que sus hojas y sus tapas no son eternas, pero si sus palabras, entendí que lo que perdurará en las mentes es lo que dice, lo que significa, no el material donde se escribió. Entonces dejé de tratar a los libros como algo sagrado. Desde entonces marco todo lo que considero importante, lo que creo dice algo de mi, algo que sabía pero no conocía las palabras.
Entre otras reflexiones, me planteé: si no sé escribir, pero tengo libros que plasman lo que quiero decir, ¿por qué no dejo esos libros en algún lugar, para que alguien lo lea algún día, y me conozca? Como en la historia de Fernández Díaz.
Nunca tuve en cuenta vender o canjear mis libros, hasta entonces.
¡Claro! Lo material no es eterno, ni tengo que atarme a ello. ¿Qué mejor forma de vivir para siempre que plasmada entre los libros, y en la duda de alguien más? De hecho, si vamos al caso, tengo una edición de El Señor de los Anillos, subrayada en toda aquella frase que hable sobre el coraje. Siempre quise saber quién es esa persona y por qué su obsesión con eso.
Lo que hizo esa persona es lo que yo quiero hacer. Algún día canjearé todos aquellos libros que hablen de mí, que digan algo sobre mi persona que otros sabían, pero desconocían que lo sabían. Quedaría repartida por el mundo, en casa de personas que no conozco, pero que me conocerían. Sería casi como hablar de mi misma en un libro. Casi como escribir uno.
M.F
Me gusta mucho leer, entrar en mundos que no sean el mío. Porque aunque las cosas ocurran en mi barrio, en mi provincia, en mi país, ese no es mi mundo. Es el mundo de los personajes. O en el caso, es el mundo de alguien más: del autor.
Lo que noto (quizás solo pase en mi mente) es que los personajes, aunque personas, casi no tienen defectos. Incluso lo que en alguien que conociera personalmente me resultaría insoportable, lo siento una característica totalmente necesaria, y no lo odio. Lo tomo como algo que no puede cambiarse, quizás porque los personajes no son míos. Lo cierto es que después de cerrar el libro y volver a mi propio mundo, no soy feliz. Simplemente que, aunque en el libro el mundo sea el mismo, no lo es. Porque por más comunes que fueran las anécdotas, no pasan en la vida cotidiana. Me resultan demasiado ficticias, demasiado perfectas aunque sean tristes.
Y entonces, mientras reflexionaba sobre todo esto, pensé: ¿por qué no conozco ningún libro todavía que hable de cosas reales, de cosas que uno está completamente seguro que pueden suceder? La verdad es que aunque el suceso sea tan simple como caminar por la calle y encontrase con alguien especial, me resulta imposible. O lo que me resulta imposible es reaccionar como el personaje, de seguro porque soy la persona que lo lee y no ella/el. Es que esos libros me instan tanto a soñar, a fantasear, que finalmente la paso mal, porque mi mundo no es ese mundo, y las cosas no pasan como quiero que pasen.
Por estas cosas es que muchas veces me encuentro deseando ser un personaje ficticio. Para saber que todo va a terminar cuando el lector suelte el libro, y fin.
Ahora, si existiera un libro con una historia furiosamente real, ¿vendería? ¿Gustaría? Lo más seguro es que no. Porque cuando uno está cansado de la vida furiosamente real, de los sucesos pura y exclusivamente reales, solo quiere irse a otro lugar.
¿Habrá alguien que un día, pensando lo mismo que yo, escribirá algo real? No lo creo, ¿saben por qué? Porque cuando uno escribe una historia, es una especie de catarsis sobre el papel. Una descarga de todo lo que quiere o le gustaría que pase. Quizás no sea bueno, pero el personaje, al fin y al cabo, no es él. Y esa historia terminará cuando el libro se cierre. Sus deseos, lo que quiere que pase, se va a filtrar en las palabras. Es inevitable. Lo furiosamente real no puede plasmarse en el papel.
Pero no debo ser la única persona que desee más de una vez que el libro se cierre.
M. F.
