Me gusta mucho leer, entrar en mundos que no sean el mío. Porque aunque las cosas ocurran en mi barrio, en mi provincia, en mi país, ese no es mi mundo. Es el mundo de los personajes. O en el caso, es el mundo de alguien más: del autor.
Lo que noto (quizás solo pase en mi mente) es que los personajes, aunque personas, casi no tienen defectos. Incluso lo que en alguien que conociera personalmente me resultaría insoportable, lo siento una característica totalmente necesaria, y no lo odio. Lo tomo como algo que no puede cambiarse, quizás porque los personajes no son míos. Lo cierto es que después de cerrar el libro y volver a mi propio mundo, no soy feliz. Simplemente que, aunque en el libro el mundo sea el mismo, no lo es. Porque por más comunes que fueran las anécdotas, no pasan en la vida cotidiana. Me resultan demasiado ficticias, demasiado perfectas aunque sean tristes.
Y entonces, mientras reflexionaba sobre todo esto, pensé: ¿por qué no conozco ningún libro todavía que hable de cosas reales, de cosas que uno está completamente seguro que pueden suceder? La verdad es que aunque el suceso sea tan simple como caminar por la calle y encontrase con alguien especial, me resulta imposible. O lo que me resulta imposible es reaccionar como el personaje, de seguro porque soy la persona que lo lee y no ella/el. Es que esos libros me instan tanto a soñar, a fantasear, que finalmente la paso mal, porque mi mundo no es ese mundo, y las cosas no pasan como quiero que pasen.
Por estas cosas es que muchas veces me encuentro deseando ser un personaje ficticio. Para saber que todo va a terminar cuando el lector suelte el libro, y fin.
Ahora, si existiera un libro con una historia furiosamente real, ¿vendería? ¿Gustaría? Lo más seguro es que no. Porque cuando uno está cansado de la vida furiosamente real, de los sucesos pura y exclusivamente reales, solo quiere irse a otro lugar.
¿Habrá alguien que un día, pensando lo mismo que yo, escribirá algo real? No lo creo, ¿saben por qué? Porque cuando uno escribe una historia, es una especie de catarsis sobre el papel. Una descarga de todo lo que quiere o le gustaría que pase. Quizás no sea bueno, pero el personaje, al fin y al cabo, no es él. Y esa historia terminará cuando el libro se cierre. Sus deseos, lo que quiere que pase, se va a filtrar en las palabras. Es inevitable. Lo furiosamente real no puede plasmarse en el papel.
Pero no debo ser la única persona que desee más de una vez que el libro se cierre.
M. F.
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